El trabajo como bendición

José Francisco Gómez Hinojosa

Doctor en Filosofía profesor, escritor, párroco y Secretario General de la Vicaría Episcopal de Pastoral en Monterrey, N. L:

Hace no muchos años, mientras regresábamos de una asamblea pastoral, un amigo me comentó: “La felicidad consiste: en trabajar en lo que a uno le gusta, en que tu trabajo te permita dormir siesta y en que te paguen muy bien por tu trabajo”. Le contesté que, de acuerdo a esos criterios, yo era un hombre muy feliz pues trabajaba en lo que me gustaba, me echaba mi siestecita todos los días y, aunque no ganaba mucho dinero, sí recibía más de lo necesario.

Mi situación personal, sin embargo, dista mucho de ser la común. Por el contrario. Son millones las personas que, o no tienen trabajo, o lo realizan en condiciones nada favorables, con salarios injustos y en medio de circunstancias que no favorecen su desarrollo humano.

En el presente artículo ofreceré una reflexión sobre las condiciones malditas en las que muchas veces se desarrolla el trabajo (ver). Preguntaremos a la Biblia, al Magisterio de la Iglesia Católica y al aporte de algunos filósofos, cuál es su posición frente al trabajo (juzgar), para concluir con algunas propuestas que nos ayuden a dignificar el trabajo humano, a recuperarlo como una bendición y no como una maldición (actuar).

El trabajo como maldición

No pretendo agregar, en este punto, cifras y datos estadísticos sobre el desempleo y otras formas negativas de trabajo que ya se han mencionado en otros artículos de esta misma revista. Comparto solamente experiencias que me ha tocado vivir ya con fieles de mi parroquia, ya con otros amigos y conocidos.

En primer lugar, y no obstante las cifras oficiales que siempre hablan de aumentos en el empleo, me parece que cada vez es mayor el subempleo o el empleo informal. Las calles de nuestras ciudades están pobladas de niños y niñas, mujeres y hasta jóvenes en edad laboralmente productiva que limpian coches, ofrecen golosinas o una variedad increíble de productos. Los cruceros de esas calles se han convertido en verdaderos mercados, en los que sobrevive el más fuerte, es decir, el que tenga más palancas o soborne mejor a los inspectores municipales.

En el mismo tenor del desempleo aparece la creciente migración de nuestros paisanos a los EEUU. Si es cierto que los ataques terroristas a las torres gemelas de Nueva York, y al Pentágono en Washington, detuvieron las negociaciones que sobre ese tema estaba realizando nuestro país con los norteamericanos, y que orillaron al ex-Canciller Jorge Castañeda a renunciar, estamos ante un problema que, lejos de desaparecer, va en aumento, pues quienes cruzan la frontera no son ya solamente campesinos o aventureros, sino hasta profesionistas en busca de mejores empleos.

Un último dato es paradójico. Se supone que el avance de la ciencia y la tecnología ayudarían a mejorar las condiciones de trabajo, a favorecer el desarrollo humano de la persona, otorgándole mejores prestaciones y más tiempo libre. No ha sido así en muchos casos pues las computadoras sustituyen a las personas, y la reingeniería que se está acostumbrando en las empresas puede en la siguiente tesis: “lo que antes hacían tres, ahora lo hará uno… y con el mismo sueldo”. Si antes una carrera profesional garantizaba un puesto de trabajo, hoy se necesita una maestría… y mucha suerte.

El trabajo en la Biblia

En la Sagrada Escritura podemos distinguir tres grandes momentos con respecto al trabajo: como una voluntad de Dios, como una fatiga como castigo por el pecado, y como algo que Jesucristo redime y da un nuevo sentido.

En el principio, aparece el mismo Dios trabajando como si fuera un obrero, modelando al ser humano (Génesis 2,2-7). El trabajo del hombre aparece entonces como una imitación, una continuación, del trabajo divino que exige descanso (Génesis 2,15; Éxodo 20,8ss). El Antiguo o Primer Testamento reconoce el valor natural y social del trabajo, pues forma parte de la esencia misma del hombre (Deuteronomio 5,13) y sin él la sociedad no podría avanzar (Eclesiástico 38,32). El trabajo, de acuerdo a esta tradición, aparece como una bendición (Salmo 128, 2-3).

Sin embargo, y como fruto del pecado, el trabajo implicará fatigas y sudores (Génesis 3,19), llegando a ser, inclusive, una preocupación que puede provocar el insomnio (Eclesiastés 2,22ss). El mismo Primer Testamento ya critica las condiciones injustas del trabajo en que se priva de su salario a los obreros o se les cobran impuestos exagerados (Jeremías 22,13 -texto que retomará Santiago 5,4 en el Segundo Testamento-; Amós 5,11).

Jesucristo recupera la dimensión positiva del trabajo, pues él mismo trabajó como obrero (Marcos 6,3), imitando a su Padre (Juan 5,17). Inclusive, Jesucristo toma títulos y alegorías del mundo del trabajo: pastor, viñador, médico, sembrador (Juan 10,1ss; 15,1; Marcos 2,17; 4,3). Pablo también trabaja con sus manos (Hechos 18,3), y hasta se ufana de ello (Hechos 20,34; 1 Corintios 4,12). Como conclusión, podríamos afirmar que el Segundo Testamento, y la Biblia en general, definen la dimensión positiva del trabajo como una colaboración en la obra creadora de Dios (Romanos 8,19ss; Efesios 1,10; Colosenses 1,16.20).

El trabajo en el Magisterio reciente de la Iglesia Católica

Los documentos de la Enseñanza Social de la Iglesia continúan con la temática presentada por la Sagrada Escritura. Veamos sólo algunos planteamientos de ese Magisterio que consideran al trabajo como algo positivo, como un valor e, inclusive, como una bendición.

Desde los documentos más antiguos se da una valoración humana al trabajo, que requiere de un adecuado descanso (Rerum Novarum 29,59,62). Siguiendo la tesis de la Sagrada Escritura, el Magisterio de la Iglesia Católica también lo considera como una cooperación en la obra del Creador (Populorum Progressio 27,51; Laborem Exercens 4;).

Otro apunte de esta Enseñanza va en la línea de considerar al trabajo como algo que le sirve al ser humano para realizarse como persona, pues posee un profundo valor ético (Laborem Exercens 6,9). Gracias al trabajo, el desarrollo de la persona es humano, integral (Christifideles Laici 43). Tan es así, que el trabajo debería ser transformado en un gesto litúrgico (Puebla 213).

Quizá el texto más claro de nuestro Magisterio sobre esta dimensión bendita del trabajo sería el siguiente: “La Iglesia, como depositaria y servidora del mensaje de Jesús, ha visto siempre al hombre como sujeto que dignifica el trabajo, realizándose a sí mismo y perfeccionando la obra de Dios, para hacer de ella una alabanza al Creador y un servicio a los hermanos” (Santo Domingo 182).

El trabajo en algunos filósofos

Desde otra perspectiva, encontramos que algunos filósofos, no necesariamente cristianos, se han referido al trabajo en términos positivos. Estaríamos ante una especie de bendición laica del trabajo.

Aunque Aristóteles aseguraba que el hombre libre debería estar ajeno al trabajo, Virgilio sostuvo que todo cedía ante la pujanza del trabajo infatigable. Rousseau afirmó que el trabajo y la temperancia son los dos mejores médicos para el ser humano. Para Voltaire, el trabajo nos libera de tres males apocalípticos: el aburrimiento, el vicio y la necesidad (no olvidemos que, en mi opinión, la libertad es la ausencia de la necesidad. Siguiendo a Voltaire, entonces, soy más libre mientras más trabajo).

Marx, aunque en su juventud -influido por Kant- habló del ser humano como un ser genérico, en su época adulta lo definió como alguien que se desarrollaba, precisamente, con el trabajo. Gracias a sus estudios sobre el capital, llegó a la conclusión de que solamente un cambio radical en las estructuras de la sociedad haría posible que el trabajo pasara de ser una maldición, a causa de la alienación, a una bendición. De esta manera, su clásica definición del hombre: “conjunto de relaciones sociales”, suponía un cambio radical en la concepción del trabajo mismo.

Para que esto suceda, propone Marx, el trabajador necesita concebir al trabajo no como algo externo, sino como algo que le pertenece; como algo que lo afirma, lo realiza personalmente, y no como algo que lo niega; como una actividad que lo hace feliz, y no desgraciado; como algo que le ayuda a ser libre y no esclavo.

Hacia el trabajo como bendición

Cuando se habla del derecho al trabajo es porque se considera éste como algo positivo, no sólo desde el punto de vista de la producción, de la colaboración con Dios en el cuidado y perfeccionamiento de la creación, sino también como una oportunidad para el desarrollo de la persona humana. Uno de los derechos humanos -por los que tanto peleamos en la actualidad- debería ser, precisamente, el derecho al trabajo así considerado.

Sólo de esta manera su contraparte, el descanso, aparecerá también como una bendición, y no como una oportunidad de alienarnos, de embrutecernos, de “desconectarnos” de algo que nos oprime. “Dime cómo descansas -podríamos aterrizar- y te diré quién eres”. El descanso así entendido sería una continuación del trabajo, un desdoblamiento del mismo, en el que la creatividad y la iniciativa brillarían para ayudarnos en nuestro desarrollo humano.

Sin embargo, si las condiciones laborales que prevalecen en la actualidad no se modifican, el trabajo lejos de ser una bendición, seguirá sintiéndose, en la mayoría de los casos, como una maldición. Estas condiciones malditas no sólo afectan a cada persona que trabaja, sino al futuro mismo de la humanidad, que ve truncado su desarrollo, y al de la creación entera, que también ve interrumpido su proceso.

Conclusión

Para que el trabajo sea una bendición, para que recupere su dimensión cooperativa con Dios en su creación, para que signifique una oportunidad de desarrollo humano, necesita cambiar la orientación que se le ha venido dando en los últimos tiempos.

¿Qué podemos hacer, a nivel personal y en comunidad, para lograr mejores condiciones de trabajo, para hacer de éste una bendición y no una maldición?

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