El abrazo que nos conduce a la resurección

Jorge Atilano González Candia, sj.

Descripción del autor

A todos los hermanos que he ido encontrando en el camino

Cuando me pidieron hacer algún escrito sobre mi experiencia ante la muerte no dudé en decir que sí, pues tengo la certeza de que la vida y Dios me han entregado tanta humanidad ante las desgracias que me ha tocado vivir, que lo menos que puedo hacer es compartir la vida encontrada entre las muertes. Comparto estas reflexiones desde tres maneras de compartir una experiencia religiosa: las ideas, la experiencia y la poesía.

Las ideas

La muerte nos habla de lo efímero que es nuestra vida: hoy estamos, pero mañana quién sabe. La muerte es una realidad inevitable, a la cual todos estamos llamados a padecer, sin embargo, nos da miedo, nos causa inseguridad; ¿por qué? Quizás porque nos hace sentir la debilidad de nuestra humanidad, la pequeñez del hombre, lo vano de los avances tecnológicos, donde muchas veces ponemos nuestra esperanza.

La muerte de un ser querido o las muertes violentas que cada vez acechan más a nuestra sociedad, son acontecimientos que, por su capacidad de impactar al corazón del hombre, se convierten en un sacramento: nos lleva a nuevas sensaciones que pueden hacernos descubrir nuevas dimensiones de la divinidad. En la muerte existe la posibilidad de experimentar que Dios desaparece de la escena trágica, como si huyera de la realidad humana o donde Dios aparece desde su corazón dolido para manifestarnos su solidaridad.

La muerte nos hace sentir impotentes, nos acorrala la existencia, nos lleva a la oscuridad de la vida, nos pone contra la pared, donde lo único que nos queda es alzar la mirada. En esta vivencia surge el sentimiento de no querer aceptar la nueva realidad y una lista de por qué sucedieron las cosas, por qué a mi hijo, por qué a mi madre, por qué a mi padre, por qué a mi hermano, por qué a mi amigo, por qué de este modo, por qué, por qué… El corazón se resiste a aceptar la derrota ante la muerte. Se resiste a aceptar la ausencia de la amada o del amado.

Con la muerte de nuestro ser querido también se nos mueren muchas de nuestras apuestas a la vida. Tenemos que volver a la búsqueda del sentido de la vida. En esta desesperación volteamos hacia arriba para encontrar respuestas. Pero, qué sorpresa, encontramos silencio. Sólo nos resuenan discursos de resignación y aceptación de la voluntad de Dios, como si Él fuera cómplice de la muerte. Entonces vuelven las preguntas y los cuestionamientos, ahora sobre Dios.

Al voltear hacia arriba, ponemos a Dios en el banquillo de los acusados, llevados por esa contradicción entre nuestra imagen del Dios todopoderoso y el sentimiento de impotencia ante la muerte: ¿Por qué, si Dios es todopoderoso, no puede librarnos de la muerte? No podemos concebir que exista la debilidad en el rostro de Dios; olvidamos que el rostro de Dios está en el rostro de los hermanos. Un olvido que puede durar días, meses o años.

Pero nuestra impotencia y nuestra soledad también nos posibilitan para voltear hacia los lados; entonces vemos a los hijos, a la familia, a los amigos, a los vecinos; algunos que se duelen con nosotros, otros que expresan la solidaridad, otros que nos abrazan, otros que nos consuelan, otros que nos escuchan, muchos que se unen en la oración pidiendo por el descanso eterno del ahora ausente. Son los que aún están. En esta mirada hacia los lados encontramos algo más que los simples abrazos, algo más que la simple solidaridad de los hermanos, es un más que nos hace vivir de distinta manera el dolor.

La mirada hacia los lados lleva a ver nuestro dolor en medio de tantos que nos muestran amor. Hacer esto nos hace sentir una fuerza. Tener presente a los otros en nuestro corazón nos hace vivir el dolor con una fortaleza que nos llena de valor. Entonces es posible re-encontrar el sentido de la vida. Dejando entrar a los otros en nuestro corazón para vivir la hermandad que nos consuela da la posibilidad de encontrar algo más en la vivencia de la muerte.

Y quiero decirte que ese más que sentimos cuando los otros nos consuelan y cuando vemos a los que aún están, ese más que nos da fuerza para enfrentar la vida con la frente en alto, ese más que hace levantarnos, ese más es la presencia de Dios. Es la fuerza del Espíritu que nos vivifica y nos devuelve la esperanza. Sentir la solidaridad de los hermanos nos lleva a sentir el abrazo del Padre ante nuestra desgracia.

¿Entonces, Dios no se esconde? Ante la muerte de nuestro ser querido, más bien, Dios llora con nosotros, también se siente impotente por ver lo que el hombre hace de la libertad que El le ha dado o por tener que dejar de contemplar a uno más de sus hijos. Dios se esconde para no entristecernos más con su llanto. Ese silencio es un detalle de amor hacia nosotros. Algo que descubrimos cuando abrimos nuestro corazón ante la solidaridad de los otros. Entonces sentimos que tantos abrazos son algo más, tantos abrazos nos devuelven la esperanza porque es Dios quien nos abraza y nos hace seguir viviendo para los demás. En la debilidad nos da su fuerza. En la muerte nos conduce a la vida.

La experiencia

Con motivo del huracán Mitch, fui enviado a realizar mi servicio en Honduras para colaborar en un proyecto de reconstrucción en la ciudad de El Progreso, Yoro. Ahí me tocó acompañar a varias comunidades afectadas por este fenómeno natural y conocer la realidad de estos pueblos damnificados por su pobreza desde hace siglos.

De todo lo que en Honduras me tocó vivir, lo que más me impresionó fue la violencia juvenil entre las pandillas; no podía creer que tanto odio y rencor acumulado en el corazón de estos jóvenes pudiera llevar a enfrentamientos armados donde había heridos y muertos constantemente.

Estos pandilleros viven con el deseo de matar a los miembros de la pandilla contraria para así poner en alto el nombre de su grupo. Cada muerte es un punto ganado. Ganar puntos es tener un mayor respeto y aceptación dentro de la pandilla. Tener prestigio en la pandilla es tener muchos puntos ganados. Se hace una competencia por matar y los mete en un círculo de violencia del cual difícilmente podrán librarse. No matar es ir perdiendo aceptación en el grupo.

La competencia no sólo es por matar, sino por matar con el mayor odio posible. Ellos quieren que su furia quede marcada en los cuerpos de las víctimas. Tal pareciera que al dios-grupo le gustara ver, desde su trascendencia, la sangre de las víctimas. Se trata de destrozar los cuerpos; para eso se utilizan armas de alto calibre, capaces de destruir el cuerpo del enemigo y que la sangre corra por las calles.

Esta realidad me llevó a experimentar la impotencia ante la dinámica de la muerte. Una impotencia que me hizo sentir la necesidad de robar la esperanza de otros hombres y mujeres que, a contracorriente también apuestan a construir un mundo fraterno. Sentí la necesidad de llevar dentro de mí a tantos amigos y amigas que había encontrado en todo mi camino. Estos nombres me daban la fortaleza para avanzar en esta batalla contra la muerte.

La muerte que encontré en Honduras se convirtió en un símbolo de la soledad del ser humano que es capaz de matar para ser visto, para ser tomado en cuenta, para tener un lugar dentro de la sociedad. Estas muertes me hicieron tomar conciencia de las consecuencias que está teniendo la implementación de un proyecto de sociedad dominado por las relaciones de mercado y cada vez más ausente de fraternidad.

Pero el dolor ante esta dinámica de muerte encontrada dentro de los pandilleros me remitía a una experiencia más profunda, la experiencia de haber perdido a un hermano. En ella está el secreto de la profundidad con que pude vivir el misterio de la muerte y la resurrección con los pandilleros.

Experimentar la muerte sorpresiva de un hermano que esperaba en la ciudad de Guadalajara con la ilusión de compartir mi vida de jesuita me llevó a los sótanos del misterio de la vida del ser humano y fue el inicio de una nueva manera de ver el mundo y la humanidad. Esto desató en mí varios procesos que, con el tiempo, he ido profundizando y entendiendo las sensaciones que en aquellos momentos me llegaron.

La muerte me enseñó a reconocerme débil y necesitado de los demás y de Dios. Me llevó a expresar mi dolor, mi tristeza, mi soledad, mi luto, quitando el pudor que muchas veces nos paraliza para compartir nuestra debilidad.

Esta muerte me hizo experimentar una nueva soledad. Experimentar la impotencia ante la muerte me hacía sentir que no quedaba otro camino más que abandonarme en los brazos del Padre, es decir, recuperar la presencia del amor en mi vida y experimentarlo como un abrazo del Padre que se solidarizaba ante esta desgracia.

Se trataba de no olvidar la historia de tantos abrazos que han bendecido mi vida. En los momentos de mayor dificultad recordaba los momentos de gran consolación. Hacía un esfuerzo por tener presentes aquellos momentos para equilibrar la desesperanza causada por la realidad que se imponía. Trataba de aceptar que en mí existe la gracia y la desgracia, la tristeza y la alegría, la esperanza y la desesperanza, el luto y el color. Un misterio es que al asumir nuestra debilidad y en ella la debilidad de Dios es como podemos encontrarnos con la grandeza.

En la muerte lo más significativo son los abrazos de quienes se duelen con nosotros; la manera de recuperar la esperanza está en los otros… Platicar nuestras desilusiones es un primer paso para iniciar el camino hacia la esperanza. Abrir nuestro corazón para compartir la desilusión con el otro y escuchar la desilusión del otro nos da la posibilidad de levantar la mirada. El diálogo y la palabra nos ayudan a descubrir la presencia del Espíritu. La presencia del otro nos motiva a seguir el camino.

Esta muerte me dejó con un llamado a disfrutar de la vida de quienes aún están, de los que me rodean. Las muertes de Honduras me hicieron tener la certeza de que la manera de disfrutar de la vida está en buscar los caminos para reconstruir la fraternidad entre los seres humanos. Las muertes violentas cuestionan el estilo de vida que está asumiendo nuestra sociedad, son muertes que asaltan nuestra conciencia y nos preguntan ¿qué he hecho de mi vida? ¿qué hago con el mundo que Dios nos entregó? ¿qué haré con los que aún están en vida?

Agradezco a Dios tanto bien recibido en ambas experiencias. Agradezco tantos abrazos encontrados como ángeles enviados por el Dios que no deja de consolarnos. La muerte me ha hecho ver la realidad del mundo con otros ojos: una humanidad que crece entre avances tecnológicos, pero que se siente cada vez más sola. Una realidad que me deja el corazón ardiente para proseguir en la apuesta a la fraternidad entre los jóvenes y la ciudadanía.

La poesía

El abrazo del Padre

Ese día las aves enmudecieron,

los árboles se quedaron inmóviles,

las estrellas se apagaron,

y el río detuvo su cauce.

Hasta el mismo Dios se escondió tras las nubes,

ocultando sus rayos y su rostro,

como si de repente desapareciera su amor,

y, a cambio, dominara un silencio misterioso.

Las gargantas sintieron un nudo,

los rostros estaban pálidos,

las llamadas de teléfono trasmitían la desgracia,

el llanto y las lágrimas asaltaban el silencio.

¿Y tú, Dios Todopoderoso, dónde estuviste?,

¡Te escondiste tras las nubes!

¡ahí, cuando más te necesité!

¡huiste!, ¿por qué?, ¿por qué?…

¿Por qué? Si eres el Todopoderoso,

¿por qué? Si tanto amas al mundo,

¿por qué? Si hemos creído en Ti,

¿por qué a nosotros? ¿por qué huiste de el?

Un por qué, que empecé a entender

un día que me decidí atravesar las nubes,

para reclamar lo que no pudo salvar,

pero, ¡oh sorpresa!

Te encontré a ti, Dios,

con lágrimas en tus ojos,

llorando precisamente ahí,

en el lugar que todos recordamos.

Ya no tuve palabras que decir,

pero El, con esos ojos cristalinos, dijo:

“me escondí porque no quería causarte

más tristeza con mi llanto”.

De repente, un gran abrazo

me hizo sentir su compañía,

su apoyo, su cariño, su amor,

un sentir su gracia en el dolor.

Las barrancas quedaran de testigos

de ese gran dolor que invade nuestro corazón,

pero también de aquel día,

cuando Dios se escondió entre las nubes…

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