Divorcio o matrimonio entre naturaleza y tecnología

Mtro. Mario Edgar López Ramírez

Lic. En Relaciones Internacionales (UDEG), maestro en Política y Gestión Pública (ITESO), Investigador sobre geopolítica y medio ambiente del Centro de Investigación y formación Social del ITESO.

Buzón electrónico: mario1@iteso.mx

Se piensa que una ciudad es mejor mientras esté más teconologizada: ciudades inteligentes, planetarias, en red, separadas e independientes de la naturaleza. Esta separación afecta negativamente los ciclos de la vida, y al contrario habría más armonía si se integra con la tecnología y la naturaleza.

La ciudad es el concepto más acabado de la habitación humana. Si se comienza por la primera y más básica distinción entre la vida natural y el mundo fabricado por las manos del hombre, la urbe se sitúa como el extremo de la construcción social. No importa que tan desarrollada o subdesarrollada esté, ya que con sus casas o edificios, con sus calles y puentes, con sus servicios de energía y agua, con sus lugares de reunión pública, con su telaraña de cables aéreos o subterráneos, con sus redes de tuberías y desagües, todas las metrópolis son reflejo de la posibilidad de vivir rodeado por el imperio de los objetos humanos y así, sentirnos seguros.

Ciudad y naturaleza: fortaleza y fragilidad

Los cuentos y el cine futurista representan a las ciudades más avanzadas como aquellas que eliminan la mayor parte de los elementos de la naturaleza, y son sustituídos por medio de procesos artificiales: de la luz, del aire, del agua, de la comunicación. Las máquinas, que pueblan los espacios domésticos,  que circulan por las avenidas o que definen la productividad del trabajo, nos hablan de organización emprendedora e institucionalidad directiva, nos remiten a la ciudad como un vínculo, como posibilidad de proyecto comunitario. Y es sorprendente cómo esta idea de negación de la naturaleza frente a la ciudad, como condición de triunfo de lo humano, se encuentra fuertemente arraigada en la forma en que concebimos el bienestar y la felicidad.

No es una casualidad que muchas de las utopías del desarrollo, del progreso, de la paz y de la fraternidad mundial, diseñadas principalmente desde el pensamiento occidental, remitan al sueño de construir una urbe ideal. Desde la mitológica Atlántida, descrita por Platón; la ciudad de Utopía y la Civitas christiana, de Tomás Moro y Erasmo de Rótterdam; hasta los sueños de Francis Bacon en su obra The New Atlantis y de Auguste Comte con su “República Occidental Orden y Progreso”, la ciudad ha sido vista como el lugar en el que se puede acceder a un mundo mejor, para y por los hombres (Mattelart, 2000). En el pensamiento de estos utopistas, la metrópoli estaba en el centro de la victoria sobre la pobreza, en la médula de la religación de la comunidad.

Desde los inicios del siglo XX y XXI otras utopías más seculares se han sumado a las anteriores, bajando del mundo de las ideas al de la arquitectura y el comercio: ciudades industriales, inteligentes, planetarias, en red y  sustentables, pueblan las ciencias sociales contemporáneas permeadas por la globalización. Casi todos estos modelos pasan por la necesidad de cumplir dos condiciones, que son    definidas como parte del desarrollo: mayor tecnificación y mayor comunicación. Una porción importante de la energía intelectual, científica y gubernamental en la actualidad, está concentrada en alcanzar el ideal de hacer de la ciudad un nodo de comunicación y un centro tecnológico, donde la naturaleza cumple una función cosmética: los jardines y los parques revisten la urbe, la vuelven hermosa, pero en nuestro imaginario este revestimiento natural es solamente superficial y prescindible.

Imaginamos que debajo del maquillaje que la naturaleza da a la ciudad, lo que existe es una masa de hierro y concreto moldeada por ingenieros. Los cables y los tubos que salen de los espacios verdes, las tomas de electricidad que se ocultan en los jardines, las señales que advierten de la presencia de un oleoducto enterrado o de un gaseoducto a menos de diez metros bajo tierra o de imponentes colectores de drenaje profundo, consolidan la imponente visión de la urbe. Las presas que detienen los ríos, los malecones que contienen al mar, los artificios que crean un lago donde era imposible, las carreteras que parten la roca y los montes, y más allá, las estructuras metálicas para los hilos de alta tensión, que compiten con los árboles más gigantes; los puentes colgantes, los teleféricos, en fin, el dominio y codificación de las ondas electromagnéticas, nos remiten al dominio que la ciudad tiene de la superficie y el cielo.

Pero esta visión nos nubla otras visiones, no nos permite pensar otra realidad más profunda: que la ciudad es todavía un enclave, una prótesis entre el subsuelo y el cielo, y que su vida y ritmo aún depende de los ritmos de la naturaleza. Y preferimos no pensarlo así, porque entonces la ciudad se vuelve frágil, la seguridad que nos reportan nuestros objetos y nuestras construcciones, flaquean; lo sólido, se desvanece. El lugar, el punto de llegada, la casa, se transforma en un no-lugar. Basta la sacudida de un terremoto, el impacto de un tornado, un huracán entrando por la calle o la nevada más importante de los últimos cincuenta años, para que esta realidad adormecida, despierte. No obstante el concepto de la ciudad como la mayor obra de la habitación humana, pervive. Porque la ciudad es la expresión del mundo humano.

La ciudad y los ciclos

¿Conviene a nuestro pensamiento que prevalezca este concepto de ciudad, separada de su ecosistema? ¿Qué efectos ha traído esta idea de separación y autonomía, que se posesiona de los expertos en ciencia y los tomadores de decisiones políticas? ¿Qué elementos debiéramos contraponer a las utopías que pretenden hacer de la ciudad el lugar más emancipado de la naturaleza?

La paradoja de la ciudad podría describirse, precisamente por su separación con la naturaleza. La urbe pretende ser un sistema social vivo, autónomo e independiente. Las fuentes de energía y agua para la ciudad han de estar cercanas, los mercados deberán concentrar la suficiente cantidad de alimentos para su abasto, los servicios portuarios deberán ser accesibles en tiempo y espacio. No obstante, la ciudad recibe esta sensación de autonomía, por medio de múltiples dependencias. Como parte de un principio dialógico entre contrarios, la independencia de la ciudad parte de la dependencia de la naturaleza. A esta relación paradójica se le llama complejidad: “cuanto mayor es la autonomía de la que goza un sistema vivo, mayor es la dependencia en relación con el ecosistema (…) la autonomía presupone la complejidad, la cual a su vez presume la existencia de una gran riqueza de relaciones de todo tipo con el medio ambiente, es decir, depende de interrelaciones que se corresponden con gran exactitud a las dependencias que son las condiciones de la relativa independencia” (Morín, 2000). Mientras que la ciudad no reconozca las dependencias que le generan sensación de autonomía, seguirá socavando la posibilidad de mantenerse como el lugar de habitación más acabado del mundo humano.

Hay dos formas en que la ciudad descarta sus dependencias con la naturaleza, y ambas pertenecen al mundo de las ideas: el pensamiento lineal y el pensamiento fragmentado. Pensamos que las decisiones de progreso que toma la ciudad, son un camino lineal y ascendente del desarrollo. La urbe es entonces como un pez que presume que en su ruta trazada no encontrará ningún obstáculo, ninguna contracorriente. Por otra parte, creemos que la ciudad es capaz de sustituir la complejidad de los ciclos naturales. En la metrópoli, los ciclos de la economía, la política, el comercio, se proponen como sustitutos perfectos de los ciclos biológicos complejos. Pero los ciclos humanos no consiguen abarcar toda la multidimensionalidad de los naturales, porque lo humano sólo consigue ver en parte, de modo fragmentado.

En lo que respecta al pensamiento lineal, el deseo es que la ciudad progrese indefinidamente. Creemos que la acción de la ciudad sobre el entorno natural es lineal, única, progresiva, sin efectos reversos. Creemos que podemos alterar los ritmos naturales al ritmo de la urbanización: extraer más agua que la capacidad de recarga que posee del ciclo hidrológico regional o global, lanzar más hidrocarburos al aire de lo que el ciclo atmosférico soporta, cultivar más aprisa que de lo que el ritmo temporal admite, trabajar más horas que las del ciclo biológico permite. La idea es acelerar progresivamente los procesos sin romper los contenedores. Se apuesta por la acción humana hacia delante, sin esperar la retroacción natural, hacia atrás, que se genera por el propio impacto de la acción. Pero la realidad se vuelve cruda cuando los indicadores económicos nos señalan que tal o cual ciudad sufrió un atraso económico de veinte o treinta años, debido a un huracán que duró siete u ocho días.

Por su parte, el pensamiento fragmentado, intenta que una sola parte sustituya al todo. Pero, por más que se quiera, la ciudad no puede sustituir toda la complejidad de los ciclos naturales. Por ejemplo, en la ciudad los expertos se concentran en administrar los rumbos y los contenedores del agua líquida que llega entubada a las casas y las industrias; la política hidráulica de la ciudad, en general, se centra en el agua líquida, pero no solamente existe de ese modo, es también gaseosa o sólida, porque se genera en un ciclo. Es sorprendente escuchar el olvido de esta realidad, en las argumentaciones sobre política pública, de los expertos gubernamentales y privados que administran ese recurso: ingenieros, geólogos, hidrólogos. Su discurso científico es fragmentario y parcial. Se olvidan que al administrarla y definir las cantidades para su uso, consumo y distribución, también impactan al ciclo y, a su vez, sus decisiones se ven impactadas por el ciclo. En los documentos oficiales sobre mercados de agua, bancos de agua, agua embotellada, etcétera, es casi nula la aparición de la palabra ciclo.

Lo mismo pasa con los bosques y parques. La biodiversidad compleja de un bosque talado pocas veces puede ser sustituida por la reforestación que es iniciativa de la ciudad. Mecanismos complejos se hacen presentes con la introducción de especies vegetales nuevas, no nativas de la región, que generalmente son las que se eligen porque crecen más rápido y a menor precio. Aparecen plagas sólo por el cambio en la configuración de la hojarasca y en ocasiones se propaga la erosión del suelo. La visión fragmentaria también alcanza la actividad humana: en la metrópoli se entroniza la vitalidad, la energía, la capacidad de concentración, la productividad del trabajo, por sobre el reposo y el descanso. La urbe multiplica el estrés, el estado de alerta de sus habitantes y menosprecia la noche. El deseo de que la ciudad represente una especie de contra-ciclo, frente a los ciclos naturales, explica mucho del impacto negativo sobre el clima, el abasto de agua, la contaminación del aire y la propia vida humana.

La ciudad y el planeta: a modo de conclusión

Por último, podríamos decir que la necesidad más sentida, para que nuestra idea de habitación en la ciudad no se desmorone, es bajar el énfasis de separación e independencia de la naturaleza. Reconocer que la urbe tiene una casa natural planetaria y que es un habitante anclado a muchas fortalezas de los ritmos de la vida. Esto implica aceptar que no requerimos la tajante separación entre el hombre y la naturaleza para afirmar la obra de nuestras manos (Arent, 1998). ¿Sería posible construir metrópolis que reconozcan y se adapten a los ciclos hidrológico, atmosférico y biológico de la vida? o ¿Es necesario percibirnos enfrentados a la naturaleza para autoafirmarnos? ¿Tendremos que demostrarnos que nuestra tecnología supera a los fenómenos naturales?, ¿que somos capaces del dominio de todas las variables de la vida que son efectos y causas simultáneas entre sí? Sin lugar a dudas, si la ciudad pretende seguir su ilusión de total autonomía, tendremos que apostar a que un día las urbes sean capaces de salir del planeta y habitar en otro lugar fuera de él.

Bibliografía

Morín, Edgar. (2000). El Paradigma Perdido: ensayo de bioantropología, Barcelona: Kairós.
Mattelart, Armand. (2000). Historia de la utopía planetaria: de la ciudad profética a la sociedad global, Barcelona: Paidós.
Arendt, Hannah. (1998). La condición humana, Barcelona:  Paidós.

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