¿Hay en Dios una dimensión femenina?

Maricarmen Bracamontes, osb
Mexicana, religiosa Benedictina.

Cuando recibí la invitación para colaborar con este tema, sentí mucha ilusión. Podría compartir lo que me han enseñado a descubrir algunas personas. Aquello con lo que nos hemos asombrado y alegrado profundamente, al ir experimentando las caricias y los desafíos de esa transformadora y transformante imagen de Dios, que nos acerca un poco más a su inabarcable misterio de amor. Podría reflexionar más serenamente en lo que mis ojos han visto y mi corazón ha sentido en la tierna aridez de este desierto, donde resido desde hace diez años.

Toda esta realidad del ser femenino de Dios, me parece que nos dice algo importante en relación con lo que estamos viviendo en un mundo con un sistema económico, político, social y cultural que tiene una manera muy suya de entender y hacer las cosas. Cuando abrimos los ojos de la conciencia descubrimos como esa lógica social entreteje y sostiene la complicidad entre la sumisión y el dominio. La gente pobre, las mujeres y ciertos grupos étnicos y marginados, viven controlados por el imperio del mercado, bajo el dominio todavía del hombre blanco. Algunas y algunos de ellos son invitados, sin embargo, a participar algo en el sistema, siempre y cuando no cambie nada.

Las guerras, mentiras, corrupciones, impunidades, encubrimientos, que se hacen evidentes en todos los ámbitos, generan los desencantos que vivimos hoy frente a todas las instituciones. Esta desilusión refleja la fragilidad de dicho sistema que se sigue enorgulleciendo de sus despojos e injusticias.

En medio de esta dura realidad, seguimos invocando nombres e imágenes masculinas de Dios, consagradas durante milenios. Las imágenes del Dios guerrero, el Dios rey, el Dios juez y vengador han sido usadas para legitimar y bendecir la violencia estructural que somete y destruye a inmensas mayorías de la humanidad. Las cruzadas y la inquisición de antaño; los ataques terroristas en Estados Unidos y el contra terrorismo en Afganistán; la prolongada guerra en medio oriente, son solo unos cuantos ejemplos.

Hay quienes tratan de suavizar las imágenes violentas y justicieras de Dios, invocando el retrato del Padre misericordioso del hijo pródigo. Pero aún así, si reducimos nuestra visión de Dios a puras imágenes masculinas, solo vemos a la mitad de la humanidad reflejada en su rostro.

Hablar sobre Dios, sobre su nombre o su imagen, sobre si es un hombre o una mujer, o un Padre o una Madre, no es nada preciso, claro o cierto.

En el # 239 del Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), leemos:

“… Dios trasciende la distinción humana de los sexos. No es ni hombre ni mujer, es Dios. Trasciende también la paternidad y la maternidad humanas…”.

No es posible conocer a Dios del todo. Sin embargo, somos seres encarnados y necesitamos imágenes para relacionarnos con la divinidad. De ahí que, de acuerdo con las Escrituras y el pensamiento de algunos santos y santas de la tradición católica, hoy muchas personas estamos buscando abrirnos a una gama más rica y diversificada de imágenes que nos acerquen a Dios. Lo que la Biblia nos revela sobre Dios es que la humanidad, varones y mujeres, somos su imagen y semejanza, no sólo los varones. Incorporar las imágenes femeninas de Dios a nuestra espiritualidad podrá tener consecuencias prácticas de mucha importancia no sólo para las mujeres, sino para toda la humanidad.

¿Qué nos dicen las Escrituras?

Y creó Dios a la humanidad, a imagen suya la creó, varón y mujer les creó. (Gén 1, 27).

Una lectura cuidadosa de las Escrituras, con ojos nuevos, rompe con nuestras ideas fijas de imágenes solamente masculinas, distantes y aisladas de Dios. Ya lo expresó Conchita Armida con mucha convicción en una carta que escribió a su hija, para animarla y consolarla: Dios es tres veces Santo y mil veces Madre.

En el Nuevo Catecismo leemos:

El símbolo materno es una figura que indica más claramente la inmanencia de Dios, es decir, la intimidad, entre Dios y su criatura. (cf.. # 239 del CIC).

Así pues, en Dios se refleja lo mejor de lo que consideramos las cualidades femeninas y masculinas, porque Dios es la plenitud de lo humano y de todo lo que existe. Diversos libros de la Biblia nos muestran cómo de la misma boca de Dios salen imágenes que le describen con estas cualidades: Mucho tiempo callé, estuve en silencio, me contuve; mas como mujer en parto gemiré, suspiraré y jadearé a la vez… (Is 42, 14). Como cuando consuela una madre, así les consolaré yo a ustedes. (Is 66, 13). ¿Quién cerró con puertas el mar cuando, impetuoso, salía del seno, dándole yo las nubes por mantillas, y los densos nublados por pañales? (Job 38, 8-9).

Moisés le reclama a Dios, aclarándole que no es él quien ha parido al pueblo de Israel: ¿Qué lo he concebido yo y lo he parido, para que me digas: ‘llévalo en tu regazo, como lleva la nodriza al niño a quien da de mamar, a la tierra que juraste dar a sus padres?” (Núm. 11, 12).

También encontramos imágenes de Dios y de Jesús asemejándose a lo femenino de otros seres vivos: Como el águila que incita a su nidada, revolotea sobre sus polluelos… así extendió sus alas y los tomó y los llevó sobre sus plumas. (Dt 32, 11-12). Me echaré sobre ellos como osa privada de sus críos. (Os 13, 8ª). ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a quienes te son enviados! ¡Cuántas veces quise reunir a tus hijos a la manera que la gallina reúne a sus polluelos bajo las alas, y no quisiste!. (Mt 23, 37).

El pueblo también se refiere a su relación con Dios desde imágenes de criatura con su Madre:

Como niño destetado de su madre, como niño destetado está mi alma. (Sal 131).

Las imágenes femeninas de Dios nos dejan claro también que lo femenino no es lo mismo que debilidad y fragilidad, ó solamente ternura y compasión, sino que refleja la fuerza de la Roca, la firmeza de la justicia, la solidez de la fidelidad, la claridad de la rectitud: Porque voy a celebrar el nombre de Yahvéh: ¡Demos gloria a nuestro Dios! ¡Él es la Roca! Sus obras son perfectas, todos sus caminos justísimos, fidelidad plena en la que no hay iniquidad; es justicia y rectitud verdaderas. (Dt 32, 3-4). De la Roca que te crió te olvidaste. (Dt. 32, 18).

Dios y Jesús, se presentan a sí mismos como Palabra y Sabiduría. Imágenes o símbolos que nos hablan de creación, de justicia, de equidad. Lo podemos encontrar en diversos capítulos del libro de los Proverbios, por ejemplo, 8,22 ss; en el prólogo de San Juan; en Mateo 11,19; en Lucas 7, 35: Yahvéh me poseyó al principio de sus caminos… Al principio era la Palabra y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios… La Sabiduría ha sido justificada por sus obras y por sus hijos.

Algunas Perlas Preciosas Escondidas en la Tradición Católica

A pesar del predominio de la mentalidad patriarcal en la historia de la Iglesia, no han faltado teólogos, santos y santas que se han referido a Dios en términos femeninos. Aquí ofrecemos unos cuantos ejemplos:

Clemente de Alejandría en el s. III, afirmaba que:

Dios es amor; y cuando expresa su amor hacia nosotros se vuelve femenino… en su inefable esencia es Padre; en su compasión hacia nosotros se vuelve Madre. El Padre amando se vuelve femenino.

En la Edad Media, Santos como Bernardo de Claraval y Anselmo de Canterbury describían cualidades femeninas en Jesús. Anselmo oraba:

Jesús, como una madre, reúnes a tu pueblo; tienes tanta delicadeza con nosotros como tiene una madre con sus hijos e hijas. Con frecuencia lloras por nuestros pecados y nuestro orgullo. Con ternura nos alejas del odio y del juicio. Nos consuelas en el dolor y curas nuestras heridas. En la enfermedad nos cuidas y con tu leche pura nos alimentas. En tu compasión, tráenos la gracia y el perdón. Que tu amor nos prepare para la belleza del cielo.

Hoy en día, quienes han profundizado en este tema, han encontrado un tesoro en los escritos de Juliana de Norwich. Ella es reconocida como una mujer mística, que tuvo revelaciones de parte de Dios, las cuales puso por escrito. Vivió en Inglaterra entre el año 1342 y 1420. En sus Revelaciones ella recurre frecuentemente a imágenes femeninas de Dios:

Jesús es nuestra verdadera madre, protección del amor que no conoce fin. Tenemos nuestro ser por Jesús donde se hunden las raíces de la maternidad. Dios nos revela que en todas las cosas, así como Dios es nuestro padre, así también es nuestra madre. Dios es el poder y la bondad de la paternidad; Dios es la sabiduría y la bondad amorosa de la maternidad. Dios es quien nos hace capaces de amar, y quien sacia perpetuamente nuestros verdaderos deseos. Dios quiso que Cristo fuera nuestra madre, nuestro hermano y Salvador, porque Dios nos conoció y nos amó antes de que comenzara el tiempo. Por eso vemos que Jesús es la verdadera madre de nuestra naturaleza, porque nos hizo. Es nuestra madre, también por la gracia, porque tomó nuestra naturaleza creada para Sí. Todo el amor de la entrega y el sacrificio de la amada maternidad se encuentra en Cristo, nuestro Bienamado.

Juliana vivió también en un cambio de época. En el siglo XV la edad moderna se estaba gestando, con luces, sombras y mucho dolor. Una de sus frases predilectas, que recibió de Dios, nos puede alentar en nuestros tiempos tan amenazantes:

Todo saldrá bien, todo saldrá bien, y todas las cosas estarán bien.

Estas breves referencias nos ayudan a descubrir que los hombres y las mujeres cristianas hasta el siglo XV no encontraban dificultad para representar a Dios en forma femenina. Aún más, reconocían en el mismo Jesús, la dimensión femenina de la Maternidad.

Sin embargo, en la Edad Moderna, esto se olvidó y casi se perdió. Si preguntáramos: ¿Cuántas clases de catequesis hemos recibido sobre la dimensión femenina de Dios? ¿Cuántas homilías hemos oído sobre el rostro materno de Dios? Creo que nos sobrarían dedos de una mano para contarlas.

Recuperemos el Rostro Femenino de Dios

Comenzamos hablando del dominio, la violencia y la desilusión como características del mundo neo-liberal en que vivimos. Vimos también cómo algunas imágenes de Dios, predominantemente masculinas, han sido usadas para “legitimar” ese mundo. Luego, reflexionando en la Biblia y en la Tradición y el Magisterio de la Iglesia Católica, dimos cuenta de cómo Dios es mayor y no es posible reflejarle solamente en una imagen o atraparle en una palabra.

¿Qué pasaría si buscáramos nuevas formas de imaginarnos a Dios y relacionarnos con Dios? ¿Esto ayudaría a transformar la forma de percibir y apreciar la realidad y de relacionarnos con la gente que nos rodea? Esta no es una tarea simple, pero las posibilidades son atractivas.

Y es que la esencia de Dios, la intimidad de Dios, es relación en el amor. Una relación que no puede expresarse ni simbolizarse solamente desde lo masculino sin la integración de lo femenino y también del cosmos, porque todo lo que existe, toda la creación, refleja ese amor, esas relaciones que crean la comunión de iguales en mutualidad y equidad y no la división que engendran el dominio y la sumisión.

De esta manera, la Santísima Trinidad, en su relacionalidad es una profunda crítica, aunque poco notada y evidenciada, del dominio patriarcal.

Recuerdo el comentario de Bárbara Kingsolver[1], una autora norteamericana, frente a la respuesta bélica de los Estados Unidos, a los ataques terroristas en su territorio en 2001:

Hemos contestado un acto terrorista con otro, hacemos llover muerte sobre la población más aterrorizada y con más cicatrices de guerra que existe… Tendré que seguir abogando en contra de esta locura… Me dicen que soy peligrosa porque podría estorbar al santo proyecto de continuar arrojando desde el cielo objetos pesados hasta barrer a la última persona que potencialmente nos odie…

…Estamos en una guerra en la cual los hombres actúan como infantes. No apelan a la justicia, lo suyo es pura venganza… La palabra “inteligencia” aflora, pero siento que estoy en un campo de juego donde hay niños que se gritan unos a otros: “él empezó” y siguen aventándose piedras que sacan otro ojo, que arrancan otro diente. Sigo buscando a la mamá de alguno que llegue y diga: “¡niños, niños! aquí no se trata de quien empezó, se están haciendo daño.”

Si nuestras imágenes de Dios estuvieran empapadas de las mejores cualidades femeninas, ¿Dedicaríamos más de nuestras energías y recursos a dar vida, nutrirla y sostenerla en todos los ámbitos? Para el futuro humano y del planeta, ¡Valdría la pena probar!

Oremos con el rostro Femenino de Dios

Imagen de una Madre que consuela a sus hijos e hijas. Como a una hija o a un hijo a quien su madre consuela, así les consolaré yo a ustedes. (Is 66, 13).

Reflexión:

Lee una y otra vez el texto. Deja que se vuelva familiar en ti: Dios es también como una madre que consuela.
Respira profundo. Relájate. Con mucha suavidad trata de ponerte en contacto con tu interior, como queriéndote ver desde dentro.
Ahí en el fondo de ti hay un niño o una niña, ese o esa pequeñita a quien necesitamos porque nos dice Jesús: En verdad les digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. (Lc 18, 17)
Esa parte de ti, tu niña o tu niño, quiere asombrarse, llenarse de gozo en todo lo que es y en las demás personas y en toda la creación.
Imagina que te acercas a Dios que es como una madre consoladora y dejas que te abrace, que te acaricie, que juegue contigo sobre sus rodillas, que te alimente, que se asombre contigo, que te consuele en tus dolores, en tus desilusiones, en tus pérdidas.
¿Qué sientes cuando te imaginas a Dios como esa madre consoladora que te toma como a un niño o a una niña y atiende todo lo que te hace falta?
¿Cómo te invita esa madre consoladora a que cuides tú de las demás personas: de tu familia, de tus amigas y amigos, de la gente con la que trabajas, de tu comunidad, de la gente pobre, excluida, despojada? (Mt 25, 31) (Lc 4, 18-19).
¿Qué es lo que sientes, lo que piensas? ¿Qué imágenes, recuerdos vienen a ti?
¿Hay algo que te inquieta en lo que experimentas o ante lo que sientes resistencias? ¿Te revela esto algo de ti misma, de ti mismo; de la manera como entiendes a Dios, al mundo, las relaciones?
Escribe sobre esto, o dibuja algo, o canta una canción o haz un poema, o busca algo que simbolice lo que has vivido.
10. Compártelo, si te parece bien, con alguna o algunas personas a las que quieres.

Adaptado de Meehan, B, M. (1991). Exploring the Feminine face of God, Kansas, City: Sheed and Ward.

BIBLIOGRAFÍA

Ellsberg, R. (2001). Todos los Santos: Reflexiones diarias sobre santos, profetas y testigos de nuestro tiempo. México: Lumen.
Femenine images of God. The New Century Hymnal. UCC Home Page (http://www.ucc.org)
[1] Kingsolver, B. (2001). No le encuentro gloria. México: artículo publicado en “La Jornada”, noviembre 1ro., 2001

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