Aprovechar las culpas para crecer

Luis Valdez Castellanos, sj
Jesuita mexicano, maestro en desarrollo humano, dirige ejercicios espirituales, actualmente es el director del Centro Ignaciano de Espiritualidad.

Satanizar las culpas no ayuda pues hay culpas que nos ayudan. Saber reconocerlas y descubrir dónde nacen es algo fundamental para poder tratarlas. El autor ofrece caminos prácticos para aprender a manejar los sentimientos de culpa.

Actualmente hay una tendencia en muchos sicólogos de evitar hablar de la culpa y en su lugar hablan de responsabilidad. Quizá es porque se han enfrentado a gran cantidad de pacientes que sufren mucho debido a sus sentimientos de culpa. Pero aun reconociendo su buena intención, pienso que no están siendo de gran ayuda para el crecimiento de la persona.

No sólo los psicólogos sino muchas personas en el mundo tienen una dificultad seria para enfrentar los sentimientos de culpabilidad, en parte por evitar el dolor que conlleva, y en parte, debido a una autoestima mal entendida que deja de lado lo negativo de la persona y la autocrítica. La autoestima real no es narcisista sino que acepta a la persona en paquete: con sus cualidades, también con sus defectos y errores.

Creo que no se puede evitar el aspecto doloroso del mal. Pero la persona puede enfrentarse y superarlo, asumierlo y tener más conciencia de él.

Quiero ayudar con este artículo a manejar esos sentimientos de culpa. Porque como dice Joan Borysenko:1

Creo apasionadamente que nos curamos como mundo compartiendo nuestras luchas, heridas, victorias, esperanzas y nuestros sueños. Sólo los soldados heridos pueden servir al amor. El recuperarse de la culpa es una búsqueda psicológica y espiritual.

Distintos tipos de culpas

Con base en mi experiencia y en las lecturas realizadas a obras de varios autores, encuentro cuatro tipos de culpa: Sana (aquí incluyo a la culpa existencial que menciona Viktor Frankl); Insana(incluyo la culpa neurótica a la que se refiere Sigmund Freíd); Merecida e inmerecida.

El hecho de aclarar qué tipo de culpa estoy experimentando ya es una ayuda en sí para no quedarme en la maraña afectiva. Ahora describiré cada una de ellas:

Culpa sana: es la que ayuda a crecer en la aceptación de que puedo dañar a otros y a mí mismo. Crecer en la responsabilidad ante las propias decisiones y conductas. Pero esto no afecta al concepto que tenga de mi mismo/a. Esta culpa nos lleva a reafirmar la jerarquía de valores de la persona.

Culpa insana: es la culpa neurótica de la que habla Freud. Es narcisista ya que nos centra en la auto imagen, que resultó dañada. Lleva a estar dando vueltas sobre la misma cosa una y otra vez. Es insana pues conduce a la auto devaluación como persona. No se centra en la conducta errática sino que retroflexiona la agresividad con el auto reproche, y hace desear el castigo. Centra al hombre y a la mujer en sí mismos más que abrirles a la realidad maltratada o a los derechos personales ignorados. Se niega el perdón, incluso no lo acoge cuando se le ofrece.2

Culpa merecida: es aquella que experimentamos como consecuencia de nuestras propias decisiones y conductas. Por ejemplo, si dije una mentira que afectó seriamente la fama de alguien, el sentimiento de culpa es merecido.

Culpa inmerecida: es aquella que experimentamos por presión de los demás y que no tiene que ver directamente con nuestra conducta. El medio tradicional de inculpar a los demás es a través del chantaje. El objetivo es que el otro se sienta culpable para así poder controlarlo. Un ejemplo sería cuando el esposo le dice a su mujer: por tu culpa no soy feliz. Si ella acepta la culpa se pondrá de rodillas ante el marido. Igual puede pasar en la relación entre padres e hijos.

Con todo esto quedará claro que no hay que eliminar los sentimientos de culpa sino aprender a manejarlos, especialmente las inmerecidas o insanas. 3

La educación influye en el manejo la culpa

Existe una discusión sobre los efectos de estos sentimientos en la educación de las personas y acerca de si es bueno inculcarlos para prevenir conductas equivocadas.

A continuación presentaré unas pautas generales que ayudarán a revisar el tipo de educación que se recibió o que se está dando a los hijos4  y su relación con la culpa.

  • El castigo verbal, físico, la amenaza y el miedo provocan más respuestas agresivas que sentimientos de culpa sanos.
  • Los castigos psicológicos basados en amenazas o chantajes afectivos (“ya no te quiero”, “¿así nos pagas a lo que hemos hecho por ti?”) suscitan sentimientos de culpabilidad insanos. Y más cuando la relación afectiva padres-hijos es intensa.
  • La culpabilidad aumenta cuando el ambiente familiar es cerrado y con pocos contactos afectivos con otras personas.
  • Parece ser que las niñas, por sus vínculos afectivos especiales con la madre, sufren más de los castigos privativos del amor, por lo tanto, suelen ser más propensas a experimentar sentimientos de culpa. A los chicos se les suele sancionar más con castigos físicos.
  • Las familias que ayudan a sus hijos a reflexionar sobre sus faltas fomentan su autonomía y consiguen que sean menos propensos a sentir culpa.
  • Por el contrario, los comentarios verbales que insisten en el aspecto afectivo, en el daño moral que sufren los padres o en la ingratitud, favorecen las respuestas emocionales de culpa, pudiendo llegar en ocasiones a niveles patológicos.

Además de estas influencias en la educación hay que tomar en cuenta la personalidad de cada niño pues cada quien elabora de manera diferente los conflictos afectivos. Unos los interiorizan fácilmente y se auto castigan, sin capacidad de proyectarlos o exteriorizarlos debidamente. Otros más extrovertidos, se comunican sin dificultad con las personas y liberan hacia el exterior sus emociones conflictivas y su ansiedad.

Los padres, maestros y autoridades religiosas tienden a abusar de su poder y utilizan el sentimiento de culpa como arma para someter a sus hijos afectivamente.

Aprender a manejar los sentimientos de culpa

Una primera ayuda consiste en tomar la decisión de no reprimir las emociones ni evitarlas. Es tener la valentía de aceptarlas aunque duelan algo. La recompensa está al final, pues como dice Zabalegui:

“Cuanto más entendamos nuestra vida emocional (incluidos los sentimientos de culpa), más capaces seremos de pilotar la nave de nuestra aventura personal hacia las metas que cada uno se haya marcado”.5

Ya que se le abra la puerta de la casa a los sentimientos, el segundo paso es identificarlos y clarificar cuál tipo de culpa se está experimentando.

En tercer lugar, presento las pautas que aporta García Monge6 para manejar los sentimientos de culpa:

  • “Observar con respecto a qué normas nos sentimos culpables ¿Se trata de normas impuestas o asumidas?
  • Caer en la cuenta si el sentimiento de culpa me viene de mi propio juicio o del juicio de otras personas significativas a quienes le doy autoridad.
  • Poner más la atención en el mal causado que en el ego afeado.
  • Atender más al otro damnificado que a nuestro propio yo ofuscado y atormentado por los sentimientos de culpa.
  • Saberse perdonar”.

En cuarto lugar está aprender a manejar y a convivir con el perfeccionismo. He constatado que el perfeccionismo está muy extendido en nuestra sociedad occidental. La perfección constituye el ideal más cautivante y sigue dominando en todas la manifestaciones culturales como expresión de la más alta sabiduría y espiritualidad. Es el modelo clave en las políticas educativas. Es el criterio para alcanzar el éxito profesional. El espacio cultural y social en que nos movemos pretende que se viva en función de ella.

Sin embargo la perfección no ayuda a reconciliar al hombre consigo mismo sino que lo resquebraja interiormente. Con el pretexto de realizarlo como persona, el ideal de perfección termina alienando al sujeto de su propia realidad.

El doctor Ricardo Peter7 tiene una terapia de la imperfección que ayuda bastante a no ser atrapados por la esclavitud de la perfección. Se trata de aceptar que la persona no puede todo, que tiene límites, que se equivoca.

La actitud de aceptación de la imperfección no implica sumisión, resignación, complacencia, dependencia o derrota moral. Es más bien una forma de superación: la persona “encuentra” sus límites y este encuentro la transforma (se hace más humana), la abriga y resguarda de sus propios límites. La aceptación enaltece.

Para superar el perfeccionismo que en muchos casos es la causa de los sentimientos de culpa sugiero lo siguiente:

1) Inclusión del límite, que es familiarizar nuestros esquemas mentales con el límite. Es nuestra percepción la que debe adaptarse a la realidad básica del límite. No es la realidad la que debe adaptarse a nuestra percepción.

2) La conciencia del límite es una forma de actuar comprensiva ante las propias fallas. En lugar de recurrir a la racionalización o justificación avanzamos hacia la aceptación. No es caer en la cuenta del error sino a partir de ahí apelar a perseverar humanos ante nuestros errores.

Sin la aceptación de su propia indigencia la persona no puede vivir de manera verdaderamente humana.

3) Buscar más el crecimiento que la perfección.

4) Mencionar con frecuencia tus fallos y sonreír. Estar abierto a ellos.

5) Hacer dos listas. Una con las ventajas que tienes con el perfeccionismo y otra con las desventajas en tu vida ordinaria por buscar el perfeccionismo.

Algo sobre la culpa religiosa

Recordemos que no se necesita instrucción religiosa (moral) para sentir culpa pues esta aparece desde temprana edad. El psicoanálisis afirma que se estructura en la etapa edípica.

Sin embargo, muchas personas sufren por sentir culpa ante la máxima autoridad que conocen: Dios. Estos sentimientos pueden ser estimulados por una baja autoestima que las hace creer que son malas, ineptas y merecedoras de castigo.

También la educación religiosa recibida pudo haber colaborado a fomentar ese sentirse indefenso ante un Dios tan poderoso. Se puede hablar de que existe un abuso espiritual8 ya que concurren los elementos básicos: un adulto con superioridad ante el niño, le impone una visión de un Dios juez castigador. No existe la libertad y se deja un daño. Me impresionó mucho saber de un niño de 9 años, que había estado en una catequesis para la primera comunión con un grupo muy conservador en la iglesia católica, que se negó a comulgar porque se sentía muy pecador. Sentí una tristeza terrible cómo le inculcaron una visión de sí mismo tan negativa y basada en el pecado más que en el amor y la vida.

Si no se ha hecho el trabajo psicológico de curar al niño interior asustado y con baja autoestima, es probable que se esté emocionalmente convencido de que se merece el castigo de Dios. Pero el problema no es Dios. Proyectamos sobre él nuestros miedos y culpas como si Dios fuera la pantalla de un cine. Proyectamos la dureza, la incomprensión, la agresión, la humillación y se la colgamos a Dios. Además de faltar a la verdad, le faltamos al respeto a él con esta deformación nuestra.

Para manejar la culpa religiosa hay que desarraigar las concepciones erróneas sobre Dios.  Una manera de comenzar es recordar las tradiciones religiosas que hablan de optimismo espiritual. Existe un teólogo norteamericano, Matthew Fox, que escribió un libro titulado La bendición original. En él, opone (con escritos desde el siglo IX antes de Cristo) la teología original que ve a la vida como una bendición, a la más reciente teología de San Agustín del pecado original (siglo IV después de Cristo). Dice que Dios creó, por amable bondad, un universo con el propósito de enseñar la amable bondad. Es una teología del amor más que del miedo. Aunque se aproximó a la curación del ser humano como teólogo, conclusiones semejantes están en la psicología.

Burrhus Frederic Skinner descubrió que el castigo es una manera efectiva de cambiar el comportamiento pero no en la dirección elegida. Si se castiga a un niño por no hacer la tarea, rara vez adquirirá el deseo de aprender. Al contrario, alienta el odio, la ira, la desconfianza, la mentira y la rebelión: en pocas palabras, el miedo. Por otra parte, la recompensa y la alabanza son maneras muy efectivas de cambiar el comportamiento en la dirección correcta. El aliento, el reconocimiento y el amor conducen al crecimiento.

¿Por qué pensaríamos que Dios fue menos inteligente que Skinner cuando creó el plan para nuestra relación con lo divino? ¿Por qué usaría el miedo para enseñar amor, prometiendo castigo y condenación por los errores (valiosos) que cometemos?9

Con lo anterior podemos concluir que ayuda mucho tener una catequesis y una educación religiosa basadas en lo positivo, en el amor, más que centrada en lo negativo, el pecado o el castigo.

Jesús reveló a un Dios muy diferente que el de los fariseos:

  • Un Dios que no paga a cada uno según sus obras sino que es mucho más generoso. Mt 20, 1-16. (“Si yo quiero darle al que trabajó poquito lo mismo que a ti que trabajaste mucho, ¿no puedo hacer lo que quiera con lo mío?”).
  • Un Dios que se acerca a los pecadores no para castigarlos sino para ofrecerles una experiencia de amor que los transforme: Lc 19, 1-10. Zaqueo entre muchos más.
  • Un Dios que es como el Padre del hijo pródigo Lc 15, 11-32.

A propósito de esta parábola, Ricardo Meter la recupera desde la terapia de la imperfección.10

Afirma que el Padre no se va a colocar contra la figura del hijo sino contra la pretensión de castigo. No ve en la culpa del hijo una herramienta de cambio. La parábola del hijo pródigo desemboca en esta problemática central de la existencia: la tendencia del ser humano a optar por la culpa. El hombre resulta fatal para sí mismo.

El padre revela el secreto de su bondad: la plena conciencia y aceptación de la indigencia humana. Por esta aceptación el padre reconoce el derecho de los hijos de tomar decisiones libres respecto a la propia vida; su amor no suprime ni suple decisiones; no sacrifica a los hijos en el altar de lo correcto.

Mientras para el hermano mayor lo perdido está perdido y lo muerto está muerto, para el padre la existencia es recuperable. La perspectiva que se tenga es la que marca la recuperación o la pérdida de algo. Desde la perspectiva del padre no hay error existencial que no pueda reciclarse. Es más, a partir del reciclaje se hace posible la transformación y la sanación.

Finalmente, en los ejercicios de San Ignacio de Loyola la persona puede experimentar el regalo gratuito de la aceptación incondicional de Dios hacia él. En el encuentro con Dios la persona puede reconocer con honestidad su pecado tan enorme y junto con él, se sabe inmerecidamente amado por el Padre Dios. Experiencias de este estilo ayudan a vivir más en paz con uno mismo, con los demás y con Dios.

Bibliografía recomendada

Bucay, Jorge. (2001) De la autoestima al egoísmo, México: Océano.

Castillo, José María (2002). Dios y nuestra felicidad, Bilbao: Desclée De Brouwer.

Hermanos Linn (1997). Sanando el abuso espiritual y la adicción religiosa, Buenos Aires: Lumen.

Powell, John. (1996). La felicidad es una tarea interior, Santander: Sal Terrae.

Notas

1 Borysenko, Joan.  (1994). El amor y la culpa, Buenos Aires: Emecé, p. 19.

2  García Monge, José Antonio (1997). Treinta palabras para la madurez Bilbao, España: Desclée de Brouwer.

3 Recomiendo la lectura del artículo de García Monge incluido en este número, pues ahí aporta indicadores claros de la culpa sana y la culpa insana.

4 Zabalegui, Luis (1997). ¿Por qué me culpabilizo tanto?, Bilbao: Desclée de Brouwer, p. 16.

5 Zabalegui, Luis. Op. cit, p. 148.  El paréntesis es mío.

6 García Monge, José Antonio. Op, cit, p. 156.

7  Peter, Ricardo (2003). Líbranos de la perfección, México: Ediciones LAG.

8 Consultar el libro Sanando el abuso espiritual y la adicción religiosa, de los hermanos Linn, publicado por la editorial Lumen de Buenos Aires.

9  Recomiendo la lectura del libro de Joan Borysenko titulado El amor y la culpa.

10 Peter, Ricardo. Ética para errantes. México: U. Autónoma de Puebla.

2 thoughts on “Aprovechar las culpas para crecer

  1. Ricardo Peter says:

    Muy buen trabajo, P. Luís Valdez. Me permití colocarlo en la página de la Asociación Internacional para la Terapia de la Imperfección, A. C y en mi propia página.
    Gracias por citarme.
    Cordialmente,
    Ricardo Peter

    • Administrador CIE says:

      Nos alegra que el artículo llegue a más personas.
      Gracias por contactarnos, solo le pedimos mencionar al autor P. Luis Valdez, y al Centro Ignaciano de Espiritualidad,Guadalajara.

      Equipo del Casa Loyola
      Guadalajara, Jal.

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