El Rapto

Miguel Romero, S.J.

(Cuando san Ignacio iba con la determinación de peregrinar a Jerusalén para quedarse allá siguiendo los pasos de Jesús, se quedó unos once meses en el pueblo medieval de Manresa, en plena Cataluña. Ahí vivió la experiencia mística más significativa de su vida sentado en un camino junto al río Cardoner) 

En las orillas de Manresa, ya fuera de la ciudad que conoció san Ignacio, estuvo el hospital de Santa Lucía. Ahí era donde él pasaba las noches. La Cueva, ahora con mayúscula, no era su habitación; allí iba a tener sus siete horas diarias de oración y a escribir los apuntes que hoy conocemos como los Ejercicios Espirituales.

En la entrada de ese pequeño hospital (muy hermoso, de arquitectura simple y digna, de pura roca), que entonces ha de haber sido insalubre y hediondo, hay una explicación para turistas que describe el lugar, reconstruido después de los destrozos de la Guerra Civil, como la Capilla del Rapto.

Conforme a lo que dice esa placa, el que entonces respondía al nombre de Íñigo, cayó allí en un “defalliment”, un desmayo, que lo atrapó durante ocho días con sus noches.

El lugar ahora se llama la Capella del Rapte (lo políticamente correcto aquí es decirlo o intentar decirlo en catalán).

Si buscamos esta anécdota en la Autobiografía no la vamos a encontrar. Se trata de un acontecimiento legendario, visto por los ojos de los demás. En el Relato del Peregrino, después de los terribles escrúpulos que estuvieron a punto de lanzarlo al vacío desde la camarilla donde los dominicos lo hospedaron por un tiempo, encontramos algo que puede referirse al mismo suceso. Pero desde el recuerdo de Íñigo, parece otra cosa. Lo narra, en tercera persona, inmediatamente después de la ilustración del Cardoner:

“Estando enfermo una vez en Manresa, llegó de una fiebre muy recia a punto de muerte, que claramente juzgaba que el ánima se le había de salir luego. Y en esto le venía un pensamiento que le decía que [él mismo] era justo, con el cual tomaba tanto trabajo, que no hacía sino repugnarle y poner sus pecados delante; y con este pensamiento tenía más trabajo que con la misma fiebre; mas no podía vencer el tal pensamiento por mucho trabajo que ponía en vencerle. Mas aliviado un poco de la fiebre, ya no estaba en aquel extremo de expirar, y empezó a dar de gritos a unas señoras que eran allí venidas por visitalle, que por amor de Dios, cuando otra vez le viesen en punto de muerte, que le gritasen a grandes voces, diciéndole pecador, y que se acordase de las ofensas que había hecho a Dios”. Autobiografía, 32.

Parecen dos puntos de vista irreconciliables: un éxtasis místico por un lado, y por otro, la agonía de alguien que se aplaude y luego se reprueba y regaña. Con la explicación de Javier Melloni, quien durante una semana nos ayudó a leer sapiencialmente la Autobiografía y el Diario Espiritual, ese rapto habrá que entenderlo como el resumen del proceso de transformación que vivió el Peregrino durante su estancia de once meses en Manresa, que lo llevó de estar concentrado en sí mismo, en sus pecados, en su urgencia de ser justo, a la posibilidad de soltarse en la misericordia de Dios y de decirle: “Toma, Señor, y recibe todo…”. Lo llevó a dejar el timón de su vida en manos más diestras, sabias y misericordiosas que las propias.

La insólita y extraña escultura de tamaño natural que yace en la capilla y representa ese legendario rapto muestra a un Íñigo, todavía con las uñas sucias y el pelo largo y desarreglado, en una actitud de soltarse. Parece decirle a Dios: “todo es tuyo, también mis pecados. Tu amor y tu gracia me bastan”. Íñigo vivió este fatigoso trayecto como peregrino espiritual antes de llegar a ser el san Ignacio que conocemos. El asunto para él y para todos es no dejar de caminar y soltarse.

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