Asomarnos al infierno con esperanza

Miriam Guerra de Fernández

Licenciada en Letras. Maestría en Humanidades. Diplomado en Logoterapia y Desarrollo Humano.

“Hay demasiado mundo, pensaba….consciente de la naturaleza articulada y plural del misterio de la vida: por qué la luna no siempre es igual, qué es la policía, cómo se llaman los meses, cuándo se llora, naturaleza y funciones de los prismáticos, orígenes de la diarrea, qué es la felicidad, sistema rápido para anudar los cordones de los zapatos, nombres de ciudades, utilidad de los ataúdes, cómo llegar a ser un santo, dónde está el infierno, reglas fundamentales para la pesca de la trucha, lista de los colores disponibles en la naturaleza, receta del café con leche, nombre de perros famosos, dónde va a parar el viento, festividades del año, en qué parte está el corazón, cuándo acabará el mundo. Cosas de ese tipo…” – Alessandro Baricco. Tierras de cristal

La pregunta del infierno sigue ahí. Surge del universo literario o religioso, de toda la cultura, se cuela por los entresijos de nuestros silencios y nos inquieta.

Qué es lo que queremos decir cuando decimos infierno, hacia dónde apunta como símbolo, son cuestiones que nos atañen. En los relatos míticos de las religiones más primitivas, las tradiciones religiosas se han esforzado por buscarle explicación al sufrimiento humano. Para José María Castillo algunas religiones, entre ellas la cristiana, no se han limitado a establecer desagradables relaciones entre Dios y los sufrimientos de esta vida sino que, para colmo, se ha afirmado una relación espeluznante entre Dios y los sufrimientos de la otra.

No teníamos bastante con explicar las desgracias de este mundo, hay que explicar también las del otro, con el agravante de que los sufrimientos del más allá son eternos, porque se trata del infierno para siempre y sin remedio posible.

En realidad, la teología cristiana ha puesto difícil el asunto de Dios[1]. Precisamente la inquietud que me generó esa incongruencia entre el –sentirme acompañada por un Dios amoroso, conviviendo con una difusa sensación de posibilidad de castigos eternos– me llevó a repensar radicalmente la experiencia de la fe en la que crecí.

Me ha apasionado el tema del infierno primero, como íntima rebelión hacia lo que me parece un contrasentido a la lógica del evangelio; luego, desde el diálogo entre fe y cultura: las implicaciones sociales, artísticas y psicológicas que esta creencia tiene; las causas de su existencia en el imaginario colectivo religioso, y las razones o sinrazones de su inoperancia actual. Desde ahí mi anhelo de sumarme a denunciar una situación religioso-cultural que no acaba de sacudirse el polvo, pues ante nuestra mirada actual lo que dice este constructo teológico me parece inaceptable. Tanto mejor sería insistir en una remitologización y en salir a buscar nuevos imaginarios de esperanza. Asomarnos al infierno desde algunos espacios críticos -como en posmoderno viaje dantesco- nos facilitará la tarea de poner bajo sospecha en qué creemos, revisar si las creencias que alguna validez tuvieron alguna validez en determinado momento han dejado de orientar y, por último, descubrir si lo que creemos ayuda o estorba a que celebremos la existencia.

El infierno y la hermeneútica moderna

A veces nos enfrentamos con el misterio, con la visión del más allá: un deseo de eternidad se pasea por nuestros amores, por las grandes decisiones y creaciones de nuestra vida. Hoy que tanta gente vuelve a sentirse extrañamente sedienta de espiritualidad, hacer el recorrido por el imaginario infernal nos ayuda a reconocer que la visión cristiana del más allá ha quedado anquilosada, que el concepto tradicional de infierno, tan arraigado en la historia espiritual de occidente, requiere una transformación.

No es bueno para la teología afrontar un tema incómodo mediante el recurso al silencio, declara Torres Queiruga en su obra sobre el infierno.[2] Sin una referencia viva a las posibilidades y los problemas de los hombres y las mujeres de hoy, la teología cristiana resulta estéril e irrelevante, por ello intenta hacer llegar el mensaje de salud-salvación dando a la cuestión del más allá una respuesta fundamentada y contagiada de esperanza. Quiere animarnos a ensayar otro lenguaje donde la fe no impida la razón ni viceversa: no es ya legítima ninguna fe ciega o irreflexiva, como si no hubiesen existido Kant y Freud[3].

La exégesis bíblica moderna en sus diversas escuelas y corrientes, rechaza el mito del infierno literal. Para Bultmann, el Nuevo Testamento presenta una imagen mítica del mundo que habla de cielo, tierra e infierno; la historia es vista como un escenario de fuerzas sobrenaturales: Dios, ángeles, satán y sus demonios.

Para el hombre y la mujer modernos, que mantienen una relación con el mundo y la historia mucho más racional, esta imagen mítica ya no es válida. Hay que retraducir esta cosmovisión mítica a nuestra comprensión actual de la existencia para potenciar la esencia del mensaje cristiano. Desde este “programa de desmitificación”[4] la interpretación crítica del texto bíblico tiene como tarea poner de relieve, en la expresión mítica, el sentido existencial de lo que dice la fe para presentarla a la persona como posibilidad de autocomprensión, no como una serie de datos o lugares concretos, inamovibles o geográficos.

El camino de la terapia de la visión

La imagen favorable o desfavorable de Dios que cada quien guarda en la cabeza y en el corazón habla del papel fundamental que juega la afectividad en la fe en la vida de allá afuera. ¿Qué ha pasado para que la mirada de Dios, lejos de acariciar, de dar vida y alegría, haya llegado a vivenciarse como algo tan amenazador? Por muchos años se abusó de una predicación excesivamente moralizante y apocalíptica. La pedagogía de la amenaza exageró la descripción de los tormentos del infierno y fue responsable de forjar la imagen de un Dios juez severo e implacable, imagen cuyo influjo acontece de manera subterránea, a modo de germinación oscura, y que tuvo –a veces tiene todavía-, un peso mucho mayor que la de Dios como amor y misericordia.

Durante siglos, traductores y comentaristas han minimizado las imágenes del Dios Madre compasivo provocando resultados desastrosos. Si sabemos que ninguna imagen puede abarcar la divinidad por completo, eso mismo bastaría para reconocer que el imaginario infernal refleja un raquítico y decadente ejercicio de la imaginación en el desarrollo de nuestra religiosidad. Por otro lado, las representaciones del misterio tendrían que haberse mantenido siempre en su nivel simbólico. Purificar nuestra imagen de Dios (y con ella el escándalo del infierno) es fundamental no sólo porque esto ayude a saber qué sucede después de la muerte, sino porque aquí abajo en la vida, espía o no se atreve a los equívocos), como tan claramente lo han explicado los hermanos Linn.[5]

Lo que creemos, pensamos y sentimos crea nuestra realidad: según nuestra historia hemos adquirido ciertos patrones negativos de pensamientos que pudieran estar creando una realidad contraria a lo que realmente deseamos en la dinámica de la vida. Darnos cuenta de nuestra visión y trabajar con paciencia para corregir desequilibrios y distorsiones es la invitación constante en una fe adulta. Ya podríamos desintoxicarnos de una buena vez y pasar del terror de Isaac al Abbá de Jesús, justo como lo propone Torres Queiruga en otra de sus obras.

La imaginación alborotada y las neurosis religiosas

Limpiar la visión implica ser incansablemente autocríticos, más aún en una cultura religiosa tan proclive a las culpas. Es muy serio el planteamiento de los Linn acerca de cómo puede causar adicción la fe en el infierno. La adicción religiosa intenta controlar una realidad interna dolorosa no resuelta a través de un rígido sistema de creencias y de respuestas absolutas.[6] Por otro lado, la neurosis religiosa se genera por creencias viscerales de carácter religioso sobre Dios, el pecado, la vida eterna, etcétera.

La pedagogía del castigo eterno ha aterrorizado a muchos cristianos desde la más temprana niñez dejando en su inconsciente la convicción de que Dios es algo amenazante. Si yo creyera de modo visceral en un Dios que es capaz de condenarme al infierno en el momento más inesperado, lo más natural sería que viviese en un estado de terror, disfuncional, que amargaría mi existencia.[7] Un modelo así lo que fomenta es una espiritualidad lastrada por fuertes dosis de prohibiciones, culpas y miedos, tanto irracionales como castrantes y toda una constelación de fenómenos neuróticos que acompañan a la vivencia religiosa. Recordemos algunas historias de terror tristemente célebres llevadas al cine, como The Magdalene Sisters (En el nombre de Dios) y Las cenizas de Ángela, en cuyos casos el miedo al infierno produjo efectos de muerte.

Creo que si un Dios es necesario, tiene que serlo sobre todo para hacernos morir tranquilos, en sus brazos, sin miedo a nada. Como lo dice Juan Arias: o Dios sirve para ayudar al hombre a profundizar las razones del amor o es un Dios inútil. Y en el amor no caben castigos irreversibles. El amor lleva en sus entrañas el germen de la compasión, el perdón y la misericordia.[8]

Otros autores señalan que el cristianismo debe afrontar una prueba de fuego: si las enseñanzas religiosas contribuyen al desarrollo, fuerza, libertad y felicidad de los creyentes, veremos los frutos del amor; si contribuyen a la reducción de las potencialidades humanas, a la desdicha y la falta de productividad, no pueden haber nacido del amor, diga lo que diga el dogma.[9]

Organizar las esperanzas

Las consecuencias de creer en un Dios amoroso conducen a compartir: mientras más experimentamos un Dios así, más sensibles somos a la justicia y al compromiso social[10]; un dato para tomarse más en serio por los sectores de iglesia que insisten todavía en la pastoral del miedo y en una cultura culpígena reducida generalmente a lo sexual.

Cuando nos atrevemos a mirar lo humano más de cerca sabiéndonos ya perdonados, nos ponemos en marcha para mejorar la tarea de organizar las esperanzas, incluyendo la revisión de tantas manifestaciones religiosas que poco o nada transforman la vida. Atendamos a la crítica lanzada hacia este cristianismo actual que tendría que generar mayores y más visibles espacios de justicia: además de creyentes, hay que ser creíbles.

Día a día, por todos los medios y a colores, se nos suministra una ración de nuevas visiones acerca de la magnitud y complejidad de nuestros problemas: millones de personas vienen al mundo a experimentar el tormento del hambre y los sufrimientos que resultan de la desnutrición y la pobreza; muchos otros carecen de futuro por el desempleo o el retraso educativo; tantos más padecen la violencia de la guerra que genera más violencia, la corrupción, la pornografía, la inequidad y la violencia de género, el abuso sexual, las injusticias salariales, la pérdida del sentido de vida, las enfermedades emocionales, el narcotráfico, una gama amplia de violaciones a los derechos humanos incluyendo la intolerancia religiosa, los fundamentalismos y un largo etcétera. Todo esto crea una imagen del futuro mucho más aterradora que las tradicionales imágenes del infierno.

Para muchos, la realidad fundamental de la vida de hoy, es la perspectiva de un auténtico infierno en la tierra. El tipo de religión que insiste en un mundo sobrenatural rebaja la necesidad de interesarse por el futuro de este mundo y de su gente; es una religión light que proporcionando una forma de escape hace muy difícil resolver nuestros problemas.

El único efecto saludable de este momento reflexivo es que nos obliga a ser sinceros ante “el sacramento del hermano”. En eso consiste una parte de las humanísimas insistencias de las distintas teologías de la liberación. De otro modo, habría que sentarnos cuanto antes a dialogar con el fariseo que llevamos dentro, porque su preocupación constante es lo que le pasa a él en sus relaciones con Dios, no lo que les pasa a los demás en su vida y en los complicados problemas y tareas que ésta lleva consigo. Hacernos cargo, abandonar seguridades, aprender a ser libres y mirar la vida con ojos de solidaridad para ayudar a otros a ser libres es colaborar, desde cualquier orilla, en la eliminación de los verdaderos infiernos del más acá.

El camino del mal y la imposible teodicea

Al sumergirnos ante la complejidad inexplicable del dolor, los horrores y las injusticias, vale situar la pregunta del mal: no se trata tanto de saber de dónde viene el mal cuanto de preguntarse qué podemos hacer ante él.

Tampoco la fe puede explicar el mal de modo satisfactorio; pero la fe es el coraje de la propia afirmación, –a pesar de los poderes del no ser– que nos ayuda a sentir que en la historia nos brilla, a pesar de todo, la presencia del sentido. El coraje de la fe no niega que haya dudas sino que las afirma como expresión de la finitud. Creemos en Dios no porque nos resuelva el mal sino a pesar del mal: es la tarea infinita de acomodar nuestras incongruencias, anhelos y sufrimientos, trabajo fatigante pero hermoso de bendecir la condición humana.

La cuestión decisiva para saber si uno encuentra o no a Dios está en lo que cada cual hace o deja de hacer para que quienes están a su alcance (incluyéndonos a nosotros mismos) sufran menos o se sientan más felices en la vida. Tony de Mello escribió sobre el mal con mucha profundidad teológica, decía que nadie se daña a sí mismo de forma consciente, sino inconsciente. El que hace el mal es un loco que no merece castigo sino cura. No se puede condenar al que peca sino al pecado, que es un error. Las acciones pueden ser malas o buenas, y siempre dependerá de la madurez y cordura del que las cometa; ese es un loco, un ser dormido al que hay que despertar o un enfermo al que hay que curar.[11]

Pablo reconoció este aspecto al afirmar contristado: “no hago el bien que quiero y sí el mal que no quiero”. (Rom 7, 14ss). Por eso suena tan fuera de lugar hablar de condenación eterna a pesar de los horrores y sufrimientos del mal, porque Dios no reacciona ante el mal o el bien como nosotros. Por eso Karl Barth se indignaba contra los predicadores de la cólera de Dios: valiente cristianismo éste -ironizaba-, cuya preocupación más acuciante parece ser que la gracia de Dios sea demasiado generosa, que el infierno, en vez de poblarse con muchísima gente, resulte acaso algún día estar vacío.[12]

El infierno como un constructo teológico reducido

Los estudios feministas nos van ayudando a comprender que tanto tiempo lo masculino representó a toda la humanidad, que el discurso está distorsionado e incompleto. Esa “falacia androcéntrica”[13] se ha instalado en todos los constructos mentales de la civilización occidental, incluida la teología, y no se corregirá sólo con “añadir a las mujeres”, o sea, decir “hermanos y hermanas” en la liturgia y dejar el resto como está. El concepto tradicional de infierno pasa por esta estrechez de género y de mutilación.

La entrada de la mujer en el campo de la teología ha traído una nueva manera de pensar y expresarse, integrando a la reflexión teológica con su corporeidad propia y diferente, revolucionando el rigor y sistematicidad del método teológico[14].

Confabulando con estas reflexiones, más desde el corazón, comparto una historia. Después de once largos años de luchar contra la infertilidad y la tristeza de varios abortos, finalmente llegó a la vida nuestra primera hija. Estando todavía bajo el poético y agradecido asombro de las que hemos sido invitadas a la maternidad física, entre silencio, lágrimas, gozo, fatiga y la serenidad espiritual que se instala en los primeros momentos después de haber oído el palpitar de la nueva vida, sintiendo el encuentro con el misterio a través del vínculo sagrado hacia el hijo o la hija que nos llega a los brazos para ser mirada y aternurada por primera vez, tengo grabado cómo me fui sintiendo habitada por el sentimiento de amor incondicional (a nuestros hijos, a pesar de sus equívocos, decisiones o conductas erradas, los perdonamos; los perdonaremos mil veces) y cómo, todavía en el quirófano, me encontré meditando –no sin sentir el absurdo ante lo paradójico del momento- en la perplejidad de la idea del infierno como algo imposible de coexistir con el amor incondicional. Ese planteamiento de castigo eterno obedece a una lógica distinta y tendría que estar pasando ya fuertes revisiones desde las nuevas aportaciones de la teología feminista.

Llena de poesía, M. Bingemer dice que será necesario que el perfume raro y de alto valor de la sensibilidad y del sentido de la gratuidad femeninos vaya siendo lentamente asimilado y difundido para que toda la teología respire un aire nuevo y purificado, y recupere sus raíces vitales y colmadas de deseos, su sabor de gratuidad, placer, buena nueva, sus misteriosas y pacientes dimensiones de partera que transforman dolor en vida nueva, sepulcro en resurrección.[15]

Nos renovará mucho seguir ampliando el mapa universal para que las experiencias, los pensamientos, los sentimientos y las miradas de ambos géneros estén presentes en cualquier generalización sobre la persona, más aún en cuestiones religiosas, eclesiales y teológicas que tocan nuestras fibras más íntimas. Me gusta pensar en tanta gente hermosa en esta iglesia que sí lo cree, que sí lo trabaja.

El infierno y la cultura

Para Tillich[16] toda nuestra cultura -no sólo la teología en cuanto manifestación de ella- es la verdadera portadora de lo religioso.

Atendiendo a las manifestaciones culturales como signo de los tiempos, se comprende bien que parte del éxito publicitario de El Código Da Vinci obedece a esta inquietud de rastrear dónde quedó lo femenino en el espacio sagrado. Tenemos que ir recogiendo lo que la sensibilidad artística capta como reflejo de lo que somos y vivimos para redescubrirnos. ¿Cómo se ha pintado el miedo?, ¿cómo nos han acompañado por tantos siglos la catequesis de imágenes occidentales del juicio final?, ¿cuántas de esas imágenes consagradas por la historia del arte habrán sido pintadas por mujeres?, ¿cómo se han narrado los infiernos desde Dante hasta nuestros días? Hay muchas imágenes que nos fueron inculcadas como verdades de fe que no sólo se dirigen al intelecto sino a la imaginación y las emociones.

José María Mardones afirma que sería muy difícil repartir con justicia la responsabilidad de esta creación simbólica alrededor del infierno: algunos elementos que la propician están en el mismo Evangelio pero adquiere un desarrollo imaginativo amplio y preciso alrededor de los siglos XIII y XIV como en el caso de La Divina Comedia, que influenció a tantos artistas[17].

Lo importante es caer en cuenta de que las imágenes y descripciones son representaciones condicionadas por la cosmovisión de cada época y el imaginario infernal es claramente medieval[18]; habrá que ver más de cerca las razones por las que se instaló tanto tiempo en el discurso de la iglesia. Asimismo, la literatura moderna aporta su ración de relatos escalofriantes. En La Frontera, una novela recientemente publicada, más que un simple informe sobre el narcotráfico se dibuja una realidad nauseabunda que se encuentra en Ciudad Juárez, una ciudad, dice el novelista, en la que “hasta al diablo le da miedo vivir”.[19]

El miedo a la libertad y a la responsabilidad

La amenaza del infierno ya no sirve como recurso de control. Si acaso, lo que cabe ahora es hablar de nuestra responsabilidad, de asumir de forma consciente las consecuencias de lo que vamos decidiendo y reconocer que todos somos un poco responsables de todos.

En nuestros días lo que motiva a una persona a comportarse moralmente tiende a desplazarse del temor a las consecuencias, al juicio de la propia conciencia ante el reto de la libertad: y esa es la gran tarea, qué hacer con ella.

Según Fabry hace apenas una generación (se refería a los años 50) el joven se comportaba “moralmente” impulsado por su temor a las enfermedades venéreas y la joven por su temor al embarazo. Hoy, en la era de los antibióticos y la píldora anticonceptiva, si se comportan de esa manera es porque así lo deciden. La conciencia individual es la que tiene la palabra y no siempre habla el lenguaje de la tradición.[20]

Nuestra vida es una sucesión de actos, la mayoría de ellos ambiguos, porque todos somos al mismo tiempo buenos y malos, justos e injustos, pero nuestros actos van revelando el proyecto fundamental.

La persona responsable es consciente de lo real de su libertad; “real” en un doble sentido de auténtico o verdadero pero también de propio de un rey; el que toma decisiones sin que nadie por encima de él le dé órdenes, ni por premios ni por castigos.[21]

Lo que sucede es que la libertad y la responsabilidad no son fáciles; de hecho, la madurez se va encontrando de manera espontánea con la ética. Por eso resulta muy incoherente que Dios haya creado a los hombres con una libertad tan condicionada y pobre como para que dependa de un riesgo tremendo como el infierno, pues si Dios quiere de verdad salvarnos a todos, ¿cuál es el propósito de tanto sermoneo sobre el infierno y sus tormentos? Son nuestras elecciones las que traerán por resultado consecuencias de vida o de muerte.

La gran ternura de Dios

Hablar de alegría y esperanza en un mundo que de forma constante se nos descose es ponernos a anunciar al Dios de la Vida para llenar de luz cualquier infierno.

La raíz hebrea de la palabra fe (llevar en brazos a un lactante) consiste en apoyarse en alguien en quien se tiene confianza. Fe es la cualidad de fondo que hace a un ser humano sentirse seguro. Ésa es la gran intuición de Pablo, que los hombres no “valemos” o no nos “justificamos” ante Dios por lo que tenemos o hacemos sino porque somos. O sea que Dios tiene fe incondicional en el ser del hombre, y si el hombre cree esto, deja de considerarse bueno en comparación de malos o malo en comparación de buenos. Ante Dios se experimenta como hijo, más allá de su bondad o malicia. Entonces la experiencia de los propios límites deja de pesar como culpabilidad, porque está envuelta en la gran ternura de Dios. De ahí brotan la libertad, la alegría, el juego.[22]

Dios no nos creó para abandonarnos sino para de algún modo llevarnos a casa y alcanzar la plenitud de la vida[23].

El camino a casa es el aprendizaje gradual de reconocernos en verdad hijas e hijos; es lo que comunica casi a gritos la parábola del hijo pródigo, para ver si logramos captar un atisbo de lo que significa el aliento curativo del perdón, la alegría, la fiesta, aunque claro, habrá que emprender el camino del retorno, del quiero llegar ahí. En contraste, el discurso del infierno guarda muchos ecos de la obsesión farisea de no pecar y de la supuesta encomienda de que no peque nadie; cuando Jesús se refiere al pecado es para decir que lo perdona, mientras que los fariseos (los de antes y los de ahora) jamás hablan de perdón y se escandalizan de que Jesús perdone a alguien.

Creo en seguir trabajando en la fundamentación sistemática de un imaginario de esperanza cristiana con más sabor a condición humana, que hable de aprender a gozar el día, estando bajo la mirada del Dios Amor.

El infierno por su capacidad simbólica

Hay muchos niveles de lectura. El infierno puede comprenderse como la condenación de lo malo que hay en cada uno de nosotros pero salvando lo bueno; como autocondena (la condenación de la vida); como muerte definitiva; como existencia absurda; como un “lugar” que existe pero que está vacío; como una creación del hombre, no de Dios.

Según Castillo, la cuestión estaría en saber cómo un Dios bueno puede actuar creando a un hombre destinado al infierno, produciendo ese mismo infierno que no tiene más finalidad que hacer sufrir y empleándose luego en un castigar que no conduce a ninguna solución.[24]

Según algunos teólogos Dios no castiga a nadie sino que de forma libra el hombre se aparta de Dios y se autocastiga. Pero eso de echarle la culpa al hombre para quitársela Dios en realidad no resuelve el problema, porque con semejante respuesta Dios no queda mejor parado.

No se necesita ser un experto en símbolos para captar que en toda esta imaginería infernal hay aguas profundas y significados complejos. El infierno es un instrumento para simbolizar, dentro de nosotros, lo subterráneo, lo sombrío, no para asustarnos o negarlo sino para reconciliarnos con nuestra sombra, como posibilidad de abrazar lo que verdaderamente somos, como seres habitados de ambigüedad y contradicción que vamos creciendo al despertar. La llegada al reino de lo oscuro es en realidad un naufragio, un lento y paulatino sumergirse en lo más profundo, abyecto y personal de uno mismo.[25]

De ahí que es más coherente pensar que tanto el paraíso como el infierno tienen un significado interno, como medidas de mi propia conexión o desconexión con Dios, conmigo mismo, con los demás y con todo el universo.

Por fortuna, ya están en curso muchos otros modos de mirar el más allá que nos ayudan a descubrir los atisbos del alma que se ocultan en la tarea diaria de vivir y a confirmar que no está lejos el nuevo imaginario, ese que tiene por ahí agazapada la esperanza.

Notas

1 Castillo, J. M. (2001), Dios y nuestra felicidad. Bilbao: DDB, p. 155.
2 Torres Queiruga, A. (1995), ¿Qué queremos decir cuando decimos “infierno”?, Santander: Sal Terrae.
3 González-Carvajal, L. (1993), Evangelizar en un mundo postcristiano, Santander: Sal Terrae, p. 26.
4 Moltmann, J. (1988), ¿Qué es Teología hoy?, Salamanca: Sígueme, p. 29.
5 Linn, M., SH., y D.(1995), Las Buenas Cabras, México: Promexa, p. 7.
6 Los hermanos Linn (Matthew, Sheila y Dennis), han publicado numerosas obras de sanación, psicología y espiritualidad. Este tema lo abordan en su libro Sanando el abuso espiritual y la adicción religiosa, Buenos Aires: Lumen, (1994).
7 Bonet, J. V. (2000), Teología del gusano. Autoestima y evangelio. Santander: Sal Terrae, p. 26.
8 Arias, J. (1998), Un Dios para el 2000, Bilbao: DDB, p. 43.
9 González-Carvajal L. op. cit., p. 93.
10 Linn, M., SH., y D., op. cit., p. 42.
11 De Mello, A. (1998), Autoliberación interior, Buenos Aires: Lumen, p. 46.
12 González-Carvajal, L. (1989), Ésta es nuestra fe. Teología para universitarios. Santander: Sal Terrae, p. 270.
13 Loades, A. (1997), Teología feminista. Bilbao: DDB, p.16.
14 Bingemer, M. C., (1996), O Segredo feminino do misterio, citado en J. B. Libanio y A. Murad, Introducción a la Teología, México: Dabar, p. 249.
15 Bingemer, M. C., idem, p. 250.
16 Moltmann, J. (1988), ¿Qué es teología hoy? Salamanca: Sígueme, p. 126.
17 Mardones J. M. (2003), La vida del símbolo, Santander: Sal Terrae, p. 212.
18 McALL, A. (1979), The medieval underworld. Barnes & Noble Books, New York, p. 285.
19 Bard, P. (2004), La Frontera, México: Grijalbo.
20 Fabry, J. B. (2003), La búsqueda de significado, México: Lag, p. 181.
21 Savater, F. (1991), Ética para Amado, Barcelona: Ariel, p. 117.
22 Aleixandre, M. D. (1997), Círculos en el agua, Santander: Sal Terrae, p. 89.
23 Chittister, J. (1999), En busca de la fe, Santander: Sal Terrae, p. 205.
24 Castillo, J. M. (2001), Dios y la felicidad, Bilbao: DDB, p. 163.
25 Palou, P. A. La sed en el infierno, Nexos, núm. 300, México, diciembre 2002.

Bibliografía recomendada

Bucay, J. (2004), Shimriti. De la ignorancia a la sabiduría, México: Océano.
Castillo, J. M. (2001), Dios y nuestra felicidad, Santander: DDB.
Mardones, J. M. (2003), La vida del símbolo, Bilbao: Sal Terrae.
Torres Queiruga, A. (1995), ¿Qué queremos decir cuando decimos infierno?, Santander: Sal Terrae.
Segundo, J. L. (1997), El infierno. Diálogo con Karl Rahner. Buenos Aires: Lohlé-Lumen, Trilce.
Olaizola, J. L. (1994), Más allá de la muerte. El país sin descubrir, Barcelona: Planeta.

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